La identidad secuestrada entre el espectáculo y el olvido

 

Cuando un pueblo pierde la nariz

La identidad secuestrada entre el espectáculo y el olvido

"La nariz", de Nikolái Gógol, es una de las sátiras más desconcertantes de la literatura universal. Narra la historia del asesor colegiado Platón Kovaliov, quien una mañana despierta y descubre, horrorizado, que ha perdido la nariz. Lo extraordinario no es la desaparición del órgano, sino que esta adquiere vida propia, viste el uniforme de un alto funcionario y recorre las calles de San Petersburgo con una dignidad y un rango superiores a los de su antiguo dueño. Kovaliov corre desesperado tras ella porque comprende que no ha perdido solo una parte de su rostro: ha perdido el símbolo de su prestigio, de su reconocimiento y de la imagen que tenía de sí mismo.

Gógol nunca explica cómo ocurrió semejante absurdo. Y quizá por eso el cuento sigue siendo vigente. Nos obliga a preguntarnos ¿qué sucede cuando una parte de nosotros termina gobernándonos y nuestra identidad depende de algo que ya no controlamos?

Dos siglos después, la pregunta sigue abierta.  Porque, estoy sintiendo que, con Alfaro, Bielsa, Becaccece, se perdió el control personal y ellos quedaron a merced de lo mediático y fueron a la picota pública; porque los únicos que, quizás, no tienen patrocinadores, ni publicidades son los ténicos, ellos son carne de cañon. Ahí es cuando, también, los pueblos pueden perder la nariz.

En Colombia, el fútbol dejó hace mucho tiempo de ser únicamente un deporte. Se convirtió en una emoción compartida, en un lenguaje común, capaz de detener un país entero durante noventa minutos. En cada barrio aparecía un televisor rodeado de vecinos; en cada tienda sonaban los radios; en cada esquina se abrazaban desconocidos después de un gol narrado por "El campeón" Edgar Perea. La camiseta amarilla nunca fue solo una prenda deportiva, desde Gabriel Ochoa con la visión de María Elvira Pardo, la casaca tomó otra identidad: era un lugar de encuentro. Durante un instante, acababan las diferencias y parecía que todos respirábamos al mismo ritmo. Fue un tiempo en el cual no se "erizaba” la piel, aunque fuera la manizaleña Amparo Grisales, quien luciría por vez primera la camiseta.

Aquella franela no era de derecha ni de izquierda. No pertenecía a un gobierno ni a una oposición. Era la camiseta de un pueblo. No era símbolo patriotero, era identidad nacional.

Del pueblo que lloró con la eliminación de Italia 90, que aprendió a jugar con la alegría del Pibe Valderrama, que vibró con las atajadas de René Higuita, que se emocionó con los goles de Freddy Rincón, que sufrió la tragedia de Andrés Escobar o del "Palomo" y que volvió a creer cuando nuevas generaciones hicieron que el mundo pronunciara el nombre de Colombia con admiración.

Pero algo comenzó a cambiar.

Los jugadores dejaron de ser únicamente muchachos que salían de las canchas de tierra, de los barrios populares, de las comunas y de los pueblos. Alrededor de ellos crecieron patrocinadores, representantes, campañas publicitarias, estrategias de mercadeo, apuestas,  y una industria global que convirtió al futbolista en una marca. La fama empezó a hablar más fuerte que la historia de donde venían.

Y el cambio no ocurrió solamente en ellos. También ocurrió en nosotros. Aparecieron los mensajes… el dinero y sin darnos cuenta, empezamos a depositar buena parte de nuestro orgullo colectivo en los resultados de once jugadores. Si ganaban, parecía que Colombia entera ganaba. Si perdían, parecía que el país entero fracasaba y era el humo que enmascaraba la pobreza, la inflación y la violencia. Una victoria deportiva comenzó a representar algo mucho más grande que un partido; una derrota parecía extender una sombra sobre nuestra autoestima nacional, convirtiendo un autogol en muerte.

Mientras tanto, otras conversaciones fueron perdiendo espacio. La educación, la cultura, la participación ciudadana, la memoria, la pobreza y los sueños de miles de jóvenes quedaron, muchas veces, relegados detrás del siguiente campeonato, del próximo fichaje o de la siguiente polémica.

Quizá el problema nunca fue el fútbol. El problema aparece cuando permitimos que el espectáculo sustituyera la identidad. Cuando dejamos que a la cultura y el pátrimonio, los arrastrara el patrioterismo…un chovinismo exacerbado a la violencia, a la guerra, al considerar al otro como el enemigo y el juego se hace batalla... hemos olvidado que un país vale mucho más que sus victorias deportivas. ¡Pan y circo! ¡Razón para que tres países prendan la fiesta, para que el mundo disfrute, baile y beba, mientras Venezuela, que también tiene fanáticos, se sume en el dolor! ¡Y para ellos solo hay un minuto de silencio!

San Agustín escribió una frase que parece dirigida a nuestro tiempo: "La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano". Esa hinchazón no afecta solamente a las personas. También puede alcanzar a las sociedades. Creemos tener muchos jugadores y los seguimos por los continentes... Pero es simplemente un hinchazón, que tapa a comentaristas acosadores, jugadores ególatras y noticieros con los deportes y el entretenimiento como su narrativa cotidiana.

¿Dónde quedaron aquellos muchachos que salían de las comunas, de las veredas y de los barrios humildes llevando en la maleta el sueño de sacar adelante a su familia? Muchos conocieron el rechazo antes que los aplausos. Hubo una época en que dedicarse al fútbol era visto por algunos como perder el tiempo, y no eran pocos los jóvenes que abandonaban la escuela, desertaban persiguiendo una oportunidad incierta, durmiendo lejos de casa o enfrentando prejuicios para sostener un sueño, hoy, cuando se es viejo a las 35 años, más niños desertan de las aulas para jugar fútbol y más niñas para ser webcammer; aunque se viva un auge de futbol femenino.

Hoy muchos de ellos alcanzan una fama que parecía imposible. Y eso merece reconocimiento.  Pero también merece una reflexión preguntarnos ¿qué ocurre cuando esa fama termina siendo más poderosa que el vínculo con el pueblo que los vio crecer? ¿O cuando la sociedad espera que un deportista cargue sobre sus hombros los anhelos, las frustraciones e incluso las divisiones de todo un país?

No es la primera vez que un símbolo nacional carga con el peso de nuestras contradicciones. Hubo épocas en que la violencia, el narcotráfico y la imagen internacional de Colombia parecían haber cubierto de polvo nuestra bandera y nuestra camiseta. Costó décadas recuperar una narrativa distinta, mostrar al mundo el talento, la creatividad y la resiliencia de nuestra gente.

Por eso duele cuando sentimos que ese símbolo vuelve a fracturarse.  No porque un jugador piense diferente. No porque un deportista tome una posición que algunos compartan y otros rechacen. En una democracia eso hace parte de la libertad. Duele cuando la camiseta deja de sentirse como el lugar donde todos cabíamos y comienza a percibirse, para muchos, como un escenario más de nuestras divisiones.

¡Tal vez esa sea la verdadera nariz que estamos perdiendo! La capacidad de reconocernos como un mismo pueblo por encima de nuestras diferencias. Porque siento que no estamos aspirando el mismo olor, ni estamos remando para el mismo lado, la selección parece habernos dividido - No podemos engañarnos-Porque los pueblos no pierden su identidad de un día para otro; la entregan lentamente, cada vez que olvidan su historia, cuando permiten que el espectáculo sustituya la memoria y cuando confunden la fama con el sentido de pertenencia y politizan una pelota.

Y recuperar esa identidad, como descubrió Kovaliov, siempre resulta mucho más difícil que perderla. ¡¿Sabe dónde está su nariz en este momento?!

 


Comentarios