La identidad secuestrada entre el espectáculo y el olvido
Cuando un pueblo pierde la
nariz
La identidad secuestrada
entre el espectáculo y el olvido
Gógol nunca explica cómo ocurrió
semejante absurdo. Y quizá por eso el cuento sigue siendo vigente. Nos obliga a
preguntarnos ¿qué sucede cuando una parte de nosotros termina gobernándonos y
nuestra identidad depende de algo que ya no controlamos?
Dos siglos después, la pregunta
sigue abierta. Porque, estoy sintiendo que,
con Alfaro, Bielsa, Becaccece, se perdió el control personal y ellos quedaron a merced de lo mediático y fueron a la picota pública; porque los únicos que, quizás, no tienen patrocinadores, ni publicidades son los ténicos, ellos son carne de cañon. Ahí es cuando, también, los
pueblos pueden perder la nariz.
Aquella franela no era de
derecha ni de izquierda. No pertenecía a un gobierno ni a una oposición. Era la
camiseta de un pueblo. No era símbolo patriotero, era identidad nacional.
Del pueblo que lloró con la
eliminación de Italia 90, que aprendió a jugar con la alegría del Pibe
Valderrama, que vibró con las atajadas de René Higuita, que se
emocionó con los goles de Freddy Rincón, que sufrió la tragedia de Andrés
Escobar o del "Palomo" y que volvió a creer cuando nuevas generaciones hicieron que el
mundo pronunciara el nombre de Colombia con admiración.
Pero algo comenzó a cambiar.
Los
jugadores dejaron de ser únicamente muchachos que salían de las canchas de
tierra, de los barrios populares, de las comunas y de los pueblos. Alrededor de
ellos crecieron patrocinadores, representantes, campañas publicitarias,
estrategias de mercadeo, apuestas, y una industria global que convirtió al futbolista en
una marca. La fama empezó a hablar más fuerte que la historia de donde venían.
Y el cambio no ocurrió solamente
en ellos. También ocurrió en nosotros. Aparecieron los mensajes… el dinero y sin
darnos cuenta, empezamos a depositar buena parte de nuestro orgullo colectivo
en los resultados de once jugadores. Si ganaban, parecía que Colombia entera
ganaba. Si perdían, parecía que el país entero fracasaba y era el humo que
enmascaraba la pobreza, la inflación y la violencia. Una victoria deportiva
comenzó a representar algo mucho más grande que un partido; una derrota parecía
extender una sombra sobre nuestra autoestima nacional, convirtiendo un autogol
en muerte.
Quizá el problema nunca fue el fútbol. El
problema aparece cuando permitimos que el espectáculo sustituyera la identidad.
Cuando dejamos que a la cultura y el pátrimonio, los arrastrara el patrioterismo…un chovinismo exacerbado a la violencia, a la guerra, al considerar al otro como el enemigo y el juego se hace batalla... hemos olvidado que un país vale mucho más que sus victorias deportivas. ¡Pan y circo! ¡Razón para que tres países prendan la fiesta, para que el mundo disfrute, baile y beba, mientras Venezuela, que también tiene fanáticos, se sume en el dolor! ¡Y para ellos
solo hay un minuto de silencio!
San Agustín escribió una frase
que parece dirigida a nuestro tiempo: "La soberbia no es grandeza, sino
hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano". Esa
hinchazón no afecta solamente a las personas. También puede alcanzar a las
sociedades. Creemos tener muchos jugadores y los seguimos por los continentes... Pero es simplemente un hinchazón, que tapa a comentaristas acosadores, jugadores ególatras y noticieros con los deportes y el entretenimiento como su narrativa cotidiana.
¿Dónde quedaron aquellos
muchachos que salían de las comunas, de las veredas y de los barrios humildes
llevando en la maleta el sueño de sacar adelante a su familia? Muchos
conocieron el rechazo antes que los aplausos. Hubo una época en que dedicarse
al fútbol era visto por algunos como perder el tiempo, y no eran pocos los
jóvenes que abandonaban la escuela, desertaban persiguiendo una oportunidad incierta,
durmiendo lejos de casa o enfrentando prejuicios para sostener un sueño, hoy, cuando se es viejo a las 35 años, más niños desertan de las aulas para jugar fútbol y más niñas para ser webcammer; aunque se viva un auge de futbol femenino.
No es la primera vez que un símbolo
nacional carga con el peso de nuestras contradicciones. Hubo épocas en que la
violencia, el narcotráfico y la imagen internacional de Colombia parecían haber
cubierto de polvo nuestra bandera y nuestra camiseta. Costó décadas recuperar
una narrativa distinta, mostrar al mundo el talento, la creatividad y la
resiliencia de nuestra gente.
Por eso duele cuando sentimos que
ese símbolo vuelve a fracturarse. No
porque un jugador piense diferente. No porque un deportista tome una posición
que algunos compartan y otros rechacen. En una democracia eso hace parte de la
libertad. Duele cuando la camiseta deja de sentirse como el lugar donde todos
cabíamos y comienza a percibirse, para muchos, como un escenario más de
nuestras divisiones.
Y recuperar esa identidad, como
descubrió Kovaliov, siempre resulta mucho más difícil que perderla. ¡¿Sabe
dónde está su nariz en este momento?!





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