LA MALDICIÓN DE CASANDRA

 

La maldición de Casandra

El tiempo de los sabios en una civilización que dejó de escuchar

"No se ama lo que no se conoce; no se protege lo que no se ama."

 

Por John Sajje


Hay mitos que nunca abandonan la historia. No envejecen con los siglos ni permanecen encerrados en los libros. Caminan entre nosotros con otros nombres, otros rostros y otras derrotas, esperando que alguien los reconozca.

Son mitos que no pertenecen al pasado. Permanecen entre nosotros, disfrazados de hombres comunes y esta semana vino uno a mi mente: ¡Casandra!

A la princesa de Troya, le escupió Apolo en la boca, y le dio el don de la profecía. Podía ver con absoluta claridad aquello que todavía no había ocurrido. Pero cuando rechazó el amor del dios, éste convirtió el regalo en condena: nadie volvería a creerle. Desde entonces, Casandra habitó el lugar más solitario que puede ocupar un ser humano: el de quien posee una verdad que nadie desea escuchar.

Siempre imaginamos aquella tragedia como una historia sobre el destino, pero hoy sospecho que era una historia sobre el tiempo; no aquel del reloj, sino el del poder. Porque escuchar exige tiempo, comprender exige tiempo y aprender sí que más.


Es posible que la mayor pobreza de nuestra época no sea la falta de inteligencia, sino la desaparición del tiempo necesario para encontrarnos con ella, para reencontrarnos con eso que tenían los abuelos: tiempo para admirar lo que les rodeaba y capacidad para aprender y asumir los desafíos de lo que les rodeaba, sin que les sobrara nada…

Hoy, vivimos convencidos de que el progreso consiste en acelerar, porque hemos adiestrado a nuestra mente para que todo deba suceder inmediatamente: Las noticias envejecen en cuestión de momentos bajo la publicidad, la farándula y el deporte de los noticieros…  Las opiniones se producen en segundos, según el youtubero. Las conversaciones son sustituidas por mensajes breves, tan breves que no dejan espabilar. El conocimiento ha comenzado a medirse, no por la profundidad de lo que revela, sino por la rapidez con que puede consumir, puedes hacer una carrera universitaria en seis (6) meses… ir al poste cercano de la universidad, y buscar, allí,  el teléfono de quién te puede hacer l tesis…

Nunca hubo tanto acceso a la información, como tan poco deseo de demorarse frente a quien sabe... nos parece ¡aburridor! ¡que no llena las expectativas! “Es una jartera”  y así, vemos discurrir el mundo… vemos pasar los días y celebramos nuestros cumpleaños…


Esta semana, mientras el mundo discutía la eliminación de Uruguay, Marcelo Bielsa pronunció una frase que pasó casi inadvertida entre el ruido de los análisis deportivos.

Dijo: "Todo lo que yo sé —que no sé si es mucho o poco— lo volqué a cualquier organización, persona o profesional que me lo haya solicitado. Lo que sí tengo la absoluta certeza es que a nadie le importó. Todo lo que quise transmitir nunca fue importante. A ningún nivel."

Muchos escucharon la decepción de un entrenador y empezaron a justificar o denigrar de cada palabra... hubo quien en su “inmensa sabiduría” dijo, a lo Chilavert: ¡Vende humo!

Yo escuché algo mucho más antiguo. Me pareció escuchar la voz de Casandra. De esa Casandra dolida, de esa Casandra impotente…

Porque Bielsa no hablaba de fútbol; él estaba hablando de la experiencia, de la enseñanza y de esa extraña sensación que alguna vez conoce todo aquel que ha dedicado su vida a aprender: descubrir que el problema ya no consiste en ignorar el conocimiento, sino en haber perdido el deseo de recibirlo.

Quizá por eso los maestros entienden inmediatamente sus palabras, porque las vivifican, porque las sienten, porque son sus dolores cotidianos y duelen más que la rodilla o pesan más que el Tinitus en sus oídos… Porque ser maestro y ante todo enseñar, es aceptar que muchas veces se siembra en una tierra que todavía no sabe que necesita semillas.

No porque los estudiantes sean incapaces de aprender, sino porque una cultura entera les ha enseñado a desconfiar de la lentitud. La escuela compite con un mundo diseñado para impedir cualquier forma de atención profunda, de inteligencia emocional, porque es un parqueadero, donde se prefiere el resumen al argumento, el algoritmo al maestro; el tutorial a la experiencia, el formato a la invención, la respuesta inmediata a la comprensión.

El grande problema de los colegios es la comunicación y el colegio es la estación del hortelano. Por eso no nos sorprende que hayamos confundido información con conocimiento del mismo modo en que confundimos velocidad con inteligencia. (recuerdan el niño que sin pensar respondía, porque quería ser el más listo de la clase)

Y esa confusión tiene consecuencias silenciosas, que solo se ven en catástrofes nacionales como las que desata el fútbol. Y digo fútbol porque es un fenómeno cultural y de masas, elemento central de identidad en muchas sociedades e incluso, si se quiere de Integración social. una industria económica multimillonaria y un lenguaje de amor y odio. Fenómeno que tiene su génesis en las barriadas, porque allí está su materia prima, su gesta y su dolor


Pero, ¿Quién escucha hoy a los científicos cuando la ciencia deja de ser espectáculo y comienza a exigir paciencia?, ¿Quién se demora junto a un artesano para comprender que cada objeto hecho a mano contiene horas de vida transformadas en belleza? ¿Quién pregunta todavía a un abuelo por la historia de su barrio, de su familia o de su país ¿

Si, Vivimos rodeados de expertos, asesores, youtuberos, comentaristas, ex futbolistas y, sin embargo, hemos dejado de formar discípulos. No porque falten maestros sino porque sobran distracciones.

Incluso el fútbol, convertido en religión contemporánea, participa de esta paradoja. Los medios hablan de héroes, de guerreros y de epopeyas cada vez que una selección nacional salta al campo. Pero la verdadera épica ocurrió mucho antes de los estadios llenos y de los contratos millonarios. Ocurrió cuando un niño de un barrio pobre decidió enfrentarse al hambre con un balón. Lo demás pertenece al espectáculo.

Tal vez el verdadero poder de nuestro tiempo ya no consista en prohibir las ideas, como lo hicieron las dictaduras, y en el cono sur sabemos mucho de ellas. El poder contemporáneo descubrió un método mucho más eficaz: volver irrelevante el conocimiento. No hace falta censurar a los sabios si podemos, con la indiferencia, convencer a la sociedad de que detenerse a escucharlos, es una pérdida de tiempo.


Y entonces Casandra vuelve a caminar entre nosotros. Ella llega como el rostro de un maestro que prepara con esmero una clase que pocos recordarán y que incluso un padre puede llegar refutar, preguntando: ¿Para que le sirve eso a mi hijo?

Casandra tiene las manos de un artesano que trabaja durante semanas para producir un objeto destinado a competir con una imitación industrial, que encuentra en una señora “enguandosa” – de las que gustan ir a ferias artesanales- su propio valor, aunque no sea sino “trebejo” para sus hijas o un “chechere” para sus hijos...

Casandra tiene la paciencia de un investigador que dedica años a responder una pregunta que el mercado considera inútil, porque los laboratorios ya hicieron Lobby para vender el medicamento para la enfermedad que justo crearon… Entonces e juega a la vida y la muerte… aunque esta solo importe para la herencia.

Casandra tiene la memoria de un abuelo, cuya voz es reemplazada por el ruido incesante de una pantalla, el boleto para un asilo, la perdida de la memoria viva y la obscuridad del imaginario colectivo, en silla de ruedas…

Casandra, tiene, también, el silencio resignado de Marcelo Bielsa al descubrir que todo aquello que había aprendido, encontraba cada vez menos oídos dispuestos a escucharlo y por ello, mejor hizo concesiones antes que arruinar su propio pensamiento y saber.

Entonces, quizá el drama de nuestro tiempo no sea la ignorancia. Ella siempre ha existido, aunque envuelta en otros ropajes; lo verdaderamente inquietante es otra cosa: ¡Haber perdido el apetito por aprender!

Y no nos llamemos a engaños: una civilización deja de declinar mucho antes de que desaparezcan sus maestros; comienza a hacerlo el día en que deja de concederles tiempo para hablar… para ello se inventaron el activismo.

Porque el conocimiento nunca muere cuando desaparecen quienes saben, paradójicamente muere, cuando desaparecen quienes todavía desean escuchar de los libros… No porque falten libros, sino porque lo que falta es el silencio necesario para leerlos.

No faltan maestros, lo que falta es una sociedad dispuesta a concederles tiempo y unos padres a acompañarlos, sin que tengan que decir: ¡No tengo tiempo!


Y con esa frase, tan común, nace la forma más elegante de la censura, porque no es prohibiendo la palabra, es volviendo todo irrelevante.

Entonces comprendemos que Casandra sigue caminando entre nosotros para revelarnos una verdad, más inquietante: La historia de la humanidad quizá no sea la historia de quienes descubrieron la verdad, es quizás la historia del tiempo que tardamos en creerles.

Galileo fue una Casandra. Van Gogh fue una Casandra. Bielsa es casandra! Y ellos, como otros, comienzan a morir cuando dejamos de concederles tiempo.

Quizás yo también este tocado con la maldición de Casandra… pero ahí les dejo…


Imagenes tomadas de internet solo con fines ilustrativos

 

 

 

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