Cuando el fútbol dejó de ser magia
Matrimonio, Dios y patrioterismo:
Tres síntomas de un deporte convertido en espectáculo
Por John Sajje
Matrimonio, Dios y
patrioterismo: tres síntomas de un deporte convertido en espectáculo
Durante siglos el fútbol fue
magia. No magia en sentido romántico, sino en sentido antropológico, porque
fueron juegos de pelota con ceremonias vinculadas a la fertilidad, las
cosechas, el matrimonio y el ciclo de la vida. Huelga recordar el juego de
pelota mesoamericano antecediendo al Mob Football medieval europeo, donde la
pelota representaba algo mucho más profundo que un marcador.
Del sueño de Jules Rimet al negocio global
Jules Rimet imaginó el fútbol
como un lenguaje universal de paz. Su sueño consistía en que una pelota pudiera
hacer lo que la política había sido incapaz de lograr: reunir a los pueblos
alrededor de una competencia donde el rival nunca fuera un enemigo. Desde el
primer Mundial en Uruguay hasta la última cita compartida entre México, Canadá
y Estados Unidos, ese hilo simbólico ha unido generaciones enteras bajo una
misma pasión.
Durante décadas, el fútbol
conservó algo de aquella magia. La del hechizo de una gambeta, el asombro de un
pase imposible, la belleza de un gol que parecía desafiar las leyes de la
física. Muchos no alcanzaron a ver en directo a Garrincha o Pelé; otros
crecieron admirando a Tostao, Zico, Di Stéfano, Gigi Riva, Enrico Albertosi,
Cruyff, Beckenbauer, Eusebio y años más tarde al prestidigitador del balón: Ronaldinho…cada
uno representó una época en la que el talento parecía más importante que el
mercado.
Sin embargo, aquella magia
comenzó a transformarse con la llegada de João Havelange, el dirigente
brasileño que muchos llamaron el "Pelé de los dirigentes", al
convertir a la FIFA en una organización verdaderamente global. Amplió el número
de selecciones y dió un giro de tuerca: La televisión; el patrocinio multinacional y los derechos
comerciales, hicieron del fútbol el espectáculo más rentable del planeta; lo
que indica que el problema no fue la globalización del deporte, sino la
progresiva sustitución del juego por la mercancía.
A lo Juvenal, hubo “pan y circo” y empezaron los números especiales, como el episodio de la fidelidad y el amor
eterno, donde un campo de futbol se hizo el lugar de una nueva simbología: aun
en la retina queda Francia 1998, cuando la brasileña Rosângela de Souza y el
noruego Øivind Ekeland, se casaron en el círculo central del estadio Vélodrome;
recordando, quizá sin saberlo, que durante siglos las festividades deportivas
estuvieron asociadas a la unión y la fertilidad.
No fue una investigación; fue un
episodio que trascendía la simple lucha contra la corrupción en medio de las
tensiones geopolíticas del siglo XXI,. Un nuevo escenario de disputas
internacionales, donde el fútbol era un instrumento más del poder global, y, mientras
los dirigentes caían como un castillo de naipes, el espectáculo debía
continuar. Los nuevos ídolos ocuparon el centro de la escena. Maradona primero;
Messi después. Porque el fútbol aprendió hace mucho que, aun cuando cambian los
administradores del circo, siempre necesita héroes capaces de mantener vivo el
hechizo del balón.
Con Infantino el Show, al recibir la bendición de Trump, montó un escenario con Shakira, Madonna, BTS , Justin Bieber, Coldplay, Burna Boy y para cubrir todos los frentes usaron a The Muppets y Sesame Street - al mejor estilo Super bowl - y no contento con ello, convirtió al futbol en un deporte de cuatro tiempos; se inventó una pausa de hidratación que llamaron oficialmente cooling break; aplicó "la justicia soy yo" y perdonó una roja . De esta forma, el negocio tuvo una recaudación récord de US$ 15.000 millones para el ciclo comercial completo 2023-2026. Amen de hacerse el d ela vista cuando Argentina volvió por sus fueros y recordó una episodio donde el encuentro (o desencuentro) fue entre Las Malvinas Vrs Falkland Islands
El segundo secuestro: Dios
Pero la política no fue la única
en apropiarse del balón, también ocurrió con la religión. y lo que durante
siglos fue una experiencia íntima de fe, terminó convirtiéndose en un
espectáculo televisado, donde muchos seleccionados en zona mixta, siguiendo a Alex Dias
Ribeiro y sus llamados "Atletas de Cristo" impulsaron
una nueva forma de religiosidad futbolística, que convirtió los gestos
personales de fe en rituales colectivos de pertenencia.
El problema no consiste en que un
futbolista ore y crea - al fin y al cabo, es cultura- el problema aparece
cuando la victoria comienza a interpretarse como una recompensa divina en televisión; como si
Dios eligiera un equipo; como si el rival no creyera; como si perder fuera una
señal espiritual. Entonces elevaban los ojos al cielo y los dedos índice para decir:
“La gloria es de el” y declaraban en una especie de panegírico: "Primeramente darle la
gloria y la honra a Dios por él y para él. El destino tiene que ser así y es
aceptar su voluntad. No hay nada que reprochar". y asi pasaron Daniel
Muñoz, Alisson Becker Felix Nmecha, Ferrán Torres. John
Arias. Enzo Fernández. Kenji Gorré. sin contrar la oración
tras la Final de del partido Inglaterra vs. Francia, el círculo de Fraternidad del Alemania vs. Curazao), el abrazo intercontinental de Bélgica vs. Estados Unidos y el liderazgo e
spiritual en el Camerún
El tercer secuestro: el
patrioterismo
En el mundial de Qatar y en la final entre Argentina y Francia se reflejó el multiculturalismo integrado por hijos de inmigrantes excoloniales, mientras que sectores de la extrema derecha argentina justificaron los cantos cánticos racistas y homófobos bajo una supuesta "irrelevancia folclórica y un estilo “coloni alista e hipócrita”.
Así el fútbol se convirtió nuevamente en escenario del
patrioterismo, entendido como la utilización emocional de la bandera o una camizseta para
ocultar corrupción, inflación, crisis económicas o violaciones de derechos
humanos; que convierte al balón en anestesia social en el momento de empezar a rodar. En Colombia se vivió ese
patrioterismo: la camiseta tomó color politico, los jugadores se hicieron voceros de esa realidad y por primera vez la tricolor estuvo en los estrados judiciales, jugándose su partidito y dfueron los jueces los que tomaron partido por ella. tiempo. Mientras, los jugadores eran voceros de apuestas, bebedidas y muhos otros patrocinios que apelaban al orgullo naconalial; hubo por lo tanto apropiación
del símbolo, utilitarismo de los jugadores y sus agentes y el sentido patrio se
desdibujó.
De manera silenciosa, fueron aparecieron en el escenario, las apuestas. Los representantes. Los derechos televisivos. Los fondos de inversión y los patrocinadores. De esta forma el futbolista dejó de ser únicamente un deportista para convertirse en un activo financiero: La gambeta se volvió mercancía. El gol, un producto. La emoción, una estrategia comercial y aquella magia narrada por Édgar Perea fue reemplazada por la lógica del mercado.
¿Puede recuperarse la magia?
Quizá por eso resulta tan
significativa la frase de Guardiola o Klopp; ellos no hablan únicamente del
matrimonio, nos recuerdan que existe una vida más importante que el espectáculo;
no puede ser la noción del circo romano lo que nos de identidad nacional : el fútbol debería volver a ser un
espacio donde la belleza, la creatividad y la comunidad tengan más valor que la
propaganda, el negocio o la manipulación; ya que el verdadero problema nunca
fue que el fútbol dejara de ser un juego., el problema fue que demasiados
actores descubrieron que la magia podía venderse.









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