Cuando el fútbol dejó de ser magia


 

Matrimonio, Dios y patrioterismo

Tres síntomas de un deporte convertido en espectáculo

                                                                                           Por John Sajje


Matrimonio, Dios y patrioterismo: tres síntomas de un deporte convertido en espectáculo


El fútbol nunca fue únicamente un juego. Antes de convertirse en una industria, fue un rito; antes de ser un negocio, fue una forma de entender el mundo.



Escuchar a Pep Guardiola o a Jürgen Klopp afirmar que su familia está por encima del fútbol parece una frase sencilla. Sin embargo, encierra una profunda crítica al deporte contemporáneo. Si los dos entrenadores más exitosos del planeta necesitan recordar que el matrimonio vale más que el fútbol, quizá sea porque el fútbol dejó hace mucho de ocupar el lugar que alguna vez tuvo: el de un juego.

Durante siglos el fútbol fue magia. No magia en sentido romántico, sino en sentido antropológico, porque fueron juegos de pelota con ceremonias vinculadas a la fertilidad, las cosechas, el matrimonio y el ciclo de la vida. Huelga recordar el juego de pelota mesoamericano antecediendo al Mob Football medieval europeo, donde la pelota representaba algo mucho más profundo que un marcador.

En el Popol Vuh, los Gemelos Divinos disputan el juego contra los señores del inframundo y allí el balón representa el movimiento del cosmos y la lucha permanente entre la vida y la muerte y no muy lejos  se encuentra la Europa medieval, con el llamado Fútbol de Carnaval, que enfrentaba pueblos enteros en celebraciones, donde la comunidad reafirmaba su identidad.

Del sueño de Jules Rimet al negocio global

Jules Rimet imaginó el fútbol como un lenguaje universal de paz. Su sueño consistía en que una pelota pudiera hacer lo que la política había sido incapaz de lograr: reunir a los pueblos alrededor de una competencia donde el rival nunca fuera un enemigo. Desde el primer Mundial en Uruguay hasta la última cita compartida entre México, Canadá y Estados Unidos, ese hilo simbólico ha unido generaciones enteras bajo una misma pasión.


Benito Mussolini en 1934 en Italia,  comprendió que ganar un Mundial significaba mucho más que levantar una copa. Era una extraordinaria herramienta propagandística. Argentina 78 repetiría la fórmula. Y así mientras miles de personas desaparecían bajo la dictadura militar, en las gradas había licor y jolgorio, e incluso llanto; pero no el llanto de la muerte sino el de la gloria, de algo que bautizarían luego como “El fuego sagrado”. Así el campeonato sirvió para proyectar una imagen internacional de normalidad. En ese interregno el fútbol dejó de ser únicamente fútbol para convertirse en un mecanismo de legitimación política. Acá empezó el sportswashing.

Durante décadas, el fútbol conservó algo de aquella magia. La del hechizo de una gambeta, el asombro de un pase imposible, la belleza de un gol que parecía desafiar las leyes de la física. Muchos no alcanzaron a ver en directo a Garrincha o Pelé; otros crecieron admirando a Tostao, Zico, Di Stéfano, Gigi Riva, Enrico Albertosi, Cruyff, Beckenbauer, Eusebio y años más tarde al prestidigitador del balón: Ronaldinho…cada uno representó una época en la que el talento parecía más importante que el mercado.

Sin embargo, aquella magia comenzó a transformarse con la llegada de João Havelange, el dirigente brasileño que muchos llamaron el "Pelé de los dirigentes", al convertir a la FIFA en una organización verdaderamente global. Amplió el número de selecciones y dió un giro de tuerca: La televisión; el patrocinio multinacional y los derechos comerciales, hicieron del fútbol el espectáculo más rentable del planeta; lo que indica que el problema no fue la globalización del deporte, sino la progresiva sustitución del juego por la mercancía.

A lo Juvenal, hubo “pan y circo” y empezaron los números especiales, como el episodio de la fidelidad y el amor eterno, donde un campo de futbol se hizo el lugar de una nueva simbología: aun en la retina queda Francia 1998, cuando la brasileña Rosângela de Souza y el noruego Øivind Ekeland, se casaron en el círculo central del estadio Vélodrome; recordando, quizá sin saberlo, que durante siglos las festividades deportivas estuvieron asociadas a la unión y la fertilidad.

Ese proceso alcanzó su punto más crítico con el FIFA Gate de 2015. La investigación de la justicia estadounidense que destapó una compleja red de sobornos, lavado de dinero y fraude relacionada con la venta de derechos de televisión, patrocinios y la elección de sedes mundialistas; donde Joseph Blatter, Julio Grondona y varios de los hombres más poderosos de la CONMEBOL y la CONCACAF quedaron bajo la sombra del mayor escándalo institucional en la historia del deporte donde la renta fue de 150 millones de dólares en sobornos.

No fue una investigación; fue un episodio que trascendía la simple lucha contra la corrupción en medio de las tensiones geopolíticas del siglo XXI,. Un nuevo escenario de disputas internacionales, donde el fútbol era un instrumento más del poder global, y, mientras los dirigentes caían como un castillo de naipes, el espectáculo debía continuar. Los nuevos ídolos ocuparon el centro de la escena. Maradona primero; Messi después. Porque el fútbol aprendió hace mucho que, aun cuando cambian los administradores del circo, siempre necesita héroes capaces de mantener vivo el hechizo del balón.

Con Infantino el Show, al recibir la bendición de Trump, montó un escenario con Shakira, Madonna, BTS , Justin Bieber, Coldplay, Burna Boy y para cubrir todos los frentes  usaron a The Muppets y Sesame Street - al mejor estilo Super bowl - y no contento con ello, convirtió al futbol en un deporte de cuatro tiempos; se inventó una pausa de hidratación que llamaron oficialmente cooling break; aplicó "la justicia soy yo" y perdonó una roja . De esta forma, el negocio tuvo una recaudación récord de US$ 15.000 millones para el ciclo comercial completo 2023-2026. Amen de hacerse el d ela vista cuando Argentina volvió por sus fueros y recordó una episodio donde  el encuentro (o desencuentro) fue entre Las Malvinas Vrs Falkland Islands  


El segundo secuestro: Dios

Pero la política no fue la única en apropiarse del balón, también ocurrió con la religión. y lo que durante siglos fue una experiencia íntima de fe, terminó convirtiéndose en un espectáculo televisado, donde muchos seleccionados en zona mixta, siguiendo a Alex Dias Ribeiro y sus llamados "Atletas de Cristo" impulsaron una nueva forma de religiosidad futbolística, que convirtió los gestos personales de fe en rituales colectivos de pertenencia.

El problema no consiste en que un futbolista ore y crea - al fin y al cabo, es cultura- el problema aparece cuando la victoria comienza a interpretarse como una recompensa divina en televisión; como si Dios eligiera un equipo; como si el rival no creyera; como si perder fuera una señal espiritual. Entonces elevaban los ojos al cielo y los dedos índice para decir: “La gloria es de el”  y declaraban en una especie de panegírico: "Primeramente darle la gloria y la honra a Dios por él y para él. El destino tiene que ser así y es aceptar su voluntad. No hay nada que reprochar". y asi pasaron Daniel Muñoz, Alisson Becker Felix Nmecha, Ferrán Torres. John Arias. Enzo Fernández. Kenji Gorré. sin contrar la oración tras la Final de del partido Inglaterra vs. Francia, el círculo de Fraternidad del Alemania vs. Curazao), el abrazo intercontinental  de Bélgica vs. Estados Unidos y el liderazgo e
spiritual en el Camerún

El sociólogo Christian Bromberger definió el fútbol como "la mayor religión laica de nuestro tiempo". No exageraba. Estadios, cánticos, peregrinaciones, reliquias, ídolos, liturgias y hasta santos populares trasladaron al estadio elementos que antes pertenecían exclusivamente al templo, no extraña que Incluso surgieron nuevas religiones simbólicas: la Iglesia Maradoniana.

El tercer secuestro: el patrioterismo

En el mundial de Qatar y en la final entre Argentina y Francia se reflejó el multiculturalismo integrado por hijos de inmigrantes excoloniales, mientras que sectores de la extrema derecha argentina justificaron los cantos cánticos racistas y homófobos bajo una supuesta "irrelevancia folclórica y un estilo “coloni  alista e hipócrita”.

Así el fútbol se convirtió nuevamente en escenario del patrioterismo, entendido como la utilización emocional de la bandera o una camizseta para ocultar corrupción, inflación, crisis económicas o violaciones de derechos humanos; que convierte al balón en anestesia social en el momento de empezar a rodar. En Colombia se vivió ese patrioterismo: la camiseta tomó color politico, los jugadores se hicieron voceros de esa realidad y por primera vez la tricolor estuvo en los estrados judiciales, jugándose su partidito y dfueron los jueces los que tomaron partido por ella. tiempo. Mientras, los jugadores eran voceros de apuestas, bebedidas y muhos otros patrocinios que apelaban al orgullo naconalial; hubo por lo tanto apropiación del símbolo, utilitarismo de los jugadores y sus agentes y el sentido patrio se desdibujó.


De la gambeta a la mercancía

De manera silenciosa, fueron aparecieron en el escenario, las apuestas. Los representantes. Los derechos televisivos. Los fondos de inversión y los patrocinadores. De esta forma el futbolista dejó de ser únicamente un deportista para convertirse en un activo financiero: La gambeta se volvió mercancía. El gol, un producto. La emoción, una estrategia comercial y aquella magia narrada por Édgar Perea fue reemplazada por la lógica del mercado.

¿Puede recuperarse la magia?

Quizá por eso resulta tan significativa la frase de Guardiola o Klopp; ellos no hablan únicamente del matrimonio, nos recuerdan que existe una vida más importante que el espectáculo; no puede ser la noción del circo romano lo que nos de identidad nacional : el fútbol debería volver a ser un espacio donde la belleza, la creatividad y la comunidad tengan más valor que la propaganda, el negocio o la manipulación; ya que el verdadero problema nunca fue que el fútbol dejara de ser un juego., el problema fue que demasiados actores descubrieron que la magia podía venderse.

 

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