¡Cuando el fútbol se resiste!

 

Una mirada de Steephen Botero

El Mundial de fútbol, el fútbol confederado y el fútbol de ligas parecen haberse desprendido de aquella sustancia imprecisa que alguna vez los sostuvo. No fue una ruptura escandalosa, de ésas que dejan vidrios en el piso y vecinos mirando por la ventana, creo que  fue algo más silencioso: una lenta mudanza del alma y algo quedó olvidado en el camino (quizás en un callejón de Montevideo,  quizás embarrado en Rosario, quizás apoyado contra un muro de ladrillo en un puerto londinense donde los estibadores aprendían a medir el tiempo entre silbatos, humo y gambetas) ,porque entiendo que el fútbol no nació con himnos protocolares, drones ni ceremonias coreografiadas. Pienso que nació donde nacen las cosas verdaderas: donde sobraba cansancio y faltaba esperanza, en los astilleros de Londres, entre manos curtidas por la sal y el hierro; en barrios donde el domingo era la única tregua que concedía la semana. 

Después llegaron las rivalidades, ésas que jamás entendieron los ejecutivos del marketing,  Eran disputas que crecían igual que crecen los árboles: despacio, torcidas, alimentadas por recuerdos que nadie sabía fechar. Millwall contra West Ham no era únicamente un partido; era una conversación que llevaba generaciones enteras sin terminar. Del otro lado del océano, en Rosario, bastaba una promesa, una parroquia, un gesto de solidaridad para dividir la ciudad entre quienes decidieron ser leprosos y quienes eligieron llamarse canallas. 


El negocio, sin embargo, descubrió que podía alquilar los símbolos sin comprenderlos; compró los colores, patentó los escudos, convirtió los estadios en escaparates y las camisetas en espacios vacíos donde la publicidad terminó ocupando el lugar que antes pertenecía al barro y el capitalismo extremo hizo con el fútbol lo mismo que suele hacer con casi todo: transformar un lenguaje compartido en un producto individual; lo que antes pertenecía al barrio ahora cotiza en bolsa...

Y, sin embargo, creo que el negocio jamás consiguió apropiarse de lo esencial:


Basta doblar una esquina cualquier tarde para encontrar a cuatro niños discutiendo quién será el arquero porque nadie quiere ponerse los guantes invisibles del condenado a recibir pelotazos, basta escuchar cómo se llaman entre ellos: "vos sos Messi", "yo soy Maradona", "me toca Ronaldinho"; ninguno cree realmente ser esos hombres. Los nombres son prestados, igual que antes fueron Pelé, Francescoli, Romário, Zidane o Riquelme, y son máscaras pasajeras para representar una obra que existe desde mucho antes que ellos y continuará cuando también desaparezcan esos héroes.

Entonces aparece el padre,  No necesita discursos, le alcanza señalar una camiseta vieja, contar un gol que quizá nunca ocurrió exactamente como lo recuerda o enseñar un cántico desafinado mientras acomoda la carne, sirve pelanga, reparte empanadas, solicita otro tinto; y sin darse cuenta, no transmite únicamente una preferencia deportiva... Hereda un calendario, una forma de sufrir, una superstición, un modo particular de abrazar a desconocidos,  transfiere una memoria colectiva: La muda, casi como quien cambia de piel, hacia sus hijos, hereda la campera del cazador.


Ahí reside el misterio,  la pelota parece obedecer leyes mucho más antiguas que las del mercado: Se ensucia, se rompe, se cose, vuelve a rodar....

Muere apenas un instante antes de renacer en el siguiente partido.

Creo que obedece a ciertos relatos orientales sobre el tiempo: no avanza hacia un final; gira. Siempre gira....

No promete un progreso infinito ni una felicidad permanente y apenas ofrece la posibilidad de volver a empezar cuando alguien grita: "¡al último gol!".

Por eso los picados sobreviven a cualquier reglamento impuesto desde ese "arriba" que no exiate en la calle, La autoridad no la tiene un comité ejecutivo sino el dueño del balón, personaje cuya investidura jamás fue discutida por la filosofía política moderna, no existen cooling breaks porque la sed se negocia entre todos, no hay música para anunciar los cambios porque nadie cambia: el que sale descansa cinco minutos y vuelve, la publicidad consiste en el vecino ofreciendo una gaseosa tibia después del último gol, el VAR es la conciencia colectiva, y la justicia social aparece en esa regla nunca escrita según la cual, si llegaron dos pequeños tarde, alguien se cambia de equipo para que nadie quede mirando desde afuera.


Tal vez por eso el fútbol todavía resiste; porque debajo de los millones, de las transmisiones en ocho idiomas y de las conferencias cuidadosamente ensayadas, continúa existiendo ese partido anónimo donde dos piedras hacen de arco, una mochila marca la línea lateral y el sol decide cuándo termina el encuentro. 

Allí el fútbol deja de ser industria y vuelve a convertirse en lo que siempre fue: una excusa para recordar que, por un rato, el mundo puede organizarse con reglas mucho más sencillas que las del dinero, la politi(quería)ca, la religión.

Es la excusa que propone la "mano de dios" como proeza del camino del héroe.

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